Cumbre mundial de cambio climático en Brasil

Desde este lunes 10 de noviembre, la ciudad de Belém, en la Amazonia de Brasil, recibe a presidentes, funcionarios, científicos, empresarios, activistas y organizaciones de todo el mundo en la trigésima cumbre de cambio climático.
Quienes buscarán acordar medidas concretas para reducir las emisiones de gases de efecto invernadero y limitar el aumento global de temperatura que amenaza con producir consecuencias catastróficas en el ambiente, la economía, la salud y la vida de millones de personas. Si bien Argentina estará presente, aún es una incógnita la cantidad y la calidad de la representación de nuestro país.
Alerta ecológica
Los números con que se llega a esta cita son preocupantes. La ONU advirtió el jueves pasado que las emisiones de gases de efecto invernadero en el mundo aumentaron un 2,3% en 2024 (impulsado principalmente por India, China, Rusia e Indonesia) y que 2025 será uno de los años más calurosos jamás registrados. El organismo admitió que el objetivo de limitar el calentamiento a 1,5 ºC respecto a la era preindustrial no se cumplirá.
La OMS avaló estudios que indican que la inacción contra el cambio climático causa millones de muertes evitables por olas calor, enfermedades y eventos climáticos extremos, entre otros, que además generan multimillonarias pérdidas económicas.
Faltazo de Estados Unidos y bajas expectativas
Ciento setenta países participan en la COP30, pero China, el mayor contaminador del planeta, no tendrá gran presencia. Estados Unidos, segundo en al ránking, no enviará delegación. Su presidente, Donald Trump, niega que la actividad humana sea responsable del cambio climático.
En este clima geopolítico adverso, la presidencia brasileña no espera grandes decisiones en Belém: quiere que la COP30 consagre compromisos concretos y organice un seguimiento de las promesas pasadas, por ejemplo, sobre el desarrollo de energías renovables.
A modo de ejemplo, lanzó un fondo financiado por países desarrollados y empresas dedicado a proteger los bosques tropicales (TFFF), que pretende pagar a países en desarrollo una cantidad de dinero por cada hectárea de bosque preservado, un factor de mitigación del cambio climático y una reserva de biodiversidad. El propio presidente Lula Da Silva, cuestionado porque al tiempo que impulsa disminuir los combustibles fósiles avala un megaproyecto de exploración petrolera cerca de la desembocadura del río Amazonas, argumenta que las ganancias de la explotación de hidrocarburos son todavía necesarias para financiar la transición energética hacia fuentes limpias y renovables