Las flotas chinas también devastan el mar chileno

En Chile, las comunidades de pescadores artesanales denunciaron la presencia de una flota extranjera, compuesta en su mayoría por barcos chinos, que estaría operando ilegalmente dentro de sus aguas nacionales.
Particularmente, aseguran que la jibia, también conocida como sepia, desapareció de las costas hace más de tres meses, coincidiendo con la llegada masiva de estas naves que, según sus registros, ya habrían traspasado las 200 millas náuticas que delimitan la Zona Económica Exclusiva chilena.
El temor se extiende por los puertos de Coquimbo, Valparaíso e Iquique, donde se levantaron protestas exigiendo una fiscalización más rigurosa. Reclaman que ni la Armada ni el Servicio Nacional de Pesca (Sernapesca) cuentan con los recursos suficientes para vigilar de forma continua el desplazamiento de esta flota.
En las últimas semanas, el panorama se volvió más tenso: las luces encendidas de los barcos poteros en alta mar atraen la jibia hacia sus redes, impidiendo que el recurso alcance las zonas costeras donde se desarrolla la pesca artesanal.
Un océano en disputa
Las autoridades chilenas reconocen la presencia de 166 embarcaciones extranjeras frente a las costas del norte del país, pero aseguran que todas se encuentran fuera del límite marítimo nacional. Sin embargo, la distancia entre la percepción local y los reportes oficiales encendieron una alerta mayor: la falta de control efectivo sobre el tránsito de flotas industriales en el Pacífico Sur.
La llamada flota potera china —especializada en la captura del calamar rojo— recorre cada año miles de kilómetros desde el Pacífico central hasta el Atlántico, operando cerca de las zonas económicas exclusivas de diversos países latinoamericanos. Estas naves viajan en grupos compactos, cambian constantemente de posición y permanecen activas día y noche gracias a sistemas de iluminación masiva que alteran el comportamiento de las especies marinas.
Organizaciones internacionales advierten que, si bien muchas de estas operaciones son registradas como legales, el límite entre la pesca regulada y la pesca ilegal, no declarada y no reglamentada (INDNR) es cada vez más difuso. La falta de fiscalización constante permite incursiones no detectadas y la sobreexplotación de especies que sostienen las cadenas tróficas locales.
El impacto ambiental y social
La desaparición de la jibia no solo amenaza la economía de las caletas chilenas. Este cefalópodo cumple un papel ecológico esencial: es presa de peces espada, tiburones, lobos marinos y aves costeras. Su disminución puede provocar efectos en cascada sobre todo el ecosistema marino.
Además, la captura intensiva con poteras industriales —equipos que emplean luces potentes para atraer a los calamares— genera contaminación lumínica, altera los ritmos de alimentación y reproducción de las especies, y modifica el equilibrio del entorno marino.
A esto se suma el riesgo de que las embarcaciones extranjeras descarguen desechos al mar, incrementando la contaminación por hidrocarburos y plásticos. Las corrientes oceánicas arrastran estos residuos hacia las costas, afectando hábitats de corales, peces juveniles y moluscos.
La pérdida de la jibia se traduce también en un golpe económico para cientos de familias que dependen de su captura. Las comunidades pesqueras artesanales, ya presionadas por la crisis climática y la disminución de otros recursos, enfrentan ahora la amenaza directa de la pesca industrial extranjera.
China y la expansión pesquera global
China concentra la mayor flota pesquera de altura del mundo, con más de 3.000 embarcaciones activas fuera de sus aguas. Esta red de pesca global se extiende por el Pacífico, el Atlántico y el Índico, y ha sido señalada en múltiples informes internacionales por prácticas de sobrepesca, evasión de regulaciones y operaciones en zonas protegidas.
El país asiático justifica su expansión como una necesidad alimentaria y económica, pero su modelo industrializado ejerce una presión insostenible sobre los ecosistemas marinos. La falta de transparencia en los registros satelitales, el uso de banderas de conveniencia y la limitada cooperación internacional dificultan la fiscalización.
Chile, junto a Perú, Ecuador y Argentina, forma parte del corredor más afectado por esta actividad. En esta región, las flotas extranjeras se concentran al borde de las 200 millas náuticas, aprovechando los recursos migratorios que cruzan entre aguas internacionales y territoriales.
Sin una estrategia coordinada entre países y organismos internacionales, la pesca ilegal y la depredación de especies clave seguirán poniendo en riesgo la salud de los océanos y la seguridad alimentaria de millones de personas.
Un llamado a la vigilancia ecológica
La crisis de la jibia no es solo un problema económico o diplomático: es un síntoma del deterioro de la gobernanza marina global. La sobrepesca, la contaminación y el cambio climático están transformando los océanos en escenarios de competencia desmedida por recursos cada vez más escasos.
Los pescadores artesanales chilenos, al levantar su voz, exigen más que protección económica: reclaman una defensa activa del ecosistema marino que los sustenta. El futuro del Pacífico —y de quienes viven de él— depende de que los Estados asuman la vigilancia como una prioridad ambiental y soberana.