DOCE AÑOS SIN ÉL
Corti, el último guerrero salesiano

Doce años sin Corti, el cura fabricante de escuelas, el “manguero” que solía golpear la puerta de los poderosos para visibilizar a los humildes. Recorrió como pocos el Comodoro profundo e hizo honor al tesoro invalorable de Don Bosco.
“Si vas a trabajar, prometo no llorar y dejarte ir. Pero si vas para no hacer nada, mejor no vayas”. El mensaje materno y sabio pareció marcar el camino del joven sacerdote a punto de embarcarse hacia un destino incierto, inhóspito que ni siquiera conocía, pero prometía trabajo; fe y alimento para el espíritu.
Giovanni Corti, cura desde siempre, hombre de sabiduría y temple jamás dejó de hacer. Cumplió a rajatabla aquel mandato de su madre María. Sembró escuelas, regaló amor a pibes-hombres que desfilaron por décadas por su Oratorio; enfrentó a los ricos y les pidió para los pobres; dio todo y mucho más. Su propia vida y su salud se fueron consumiendo en ese viaje generoso, plagado de historias y de “mangazos” eternos a favor de la causa. Ya no quedan próceres urbanos como él.
Un aventuro de la palabra, músico, improvisado futbolista con sotana y sabio buscador de “mensajes divinos” en las cosas simples. Así era el padre Corti. El que nació el 9 de octubre de 1925 en Lecco, Galbiatte un pueblo cerca de Suiza en donde habitaba la pobreza extrema pero también la dignidad. Su padre trabajaba largas horas en una fábrica de altos hornos de herrería.
En Córdoba se ordenó, sin familiares pero sintiendo su presencia “y la de Dios” cercana pese a la distancia. “Somos todos sembradores”, decía convencido de la cosecha celestial. Llegó a Comodoro Rivadavia el 30 de octubre de 1948 cuando la ciudad terminaba casi sin empezar, con el Chenque, el puerto y algunas pocas calles dispersas en medio del campo agreste. La gris Patagonia lo recibió en su juventud, dispuesto a trabajar y “hacer” en una tierra que terminó adoptando como propia.
Su primera escuela la armó en un salón de baile en el ex Tiro Federal donde se encargó de cambiar los malos hábitos por aulas improvisadas, separadas por biombos. Luego se mudó a la iglesia San Carlos utilizando la iglesia, el altar y la sacristía para el dictado de las clases debiendo retirar todos los elementos los días domingo cuando se celebraba la misa.
El hombre-sacerdote terminó dándole paso a la leyenda, al mito viviente. Las partes terminaron conformando una unidad, sólida e imparable. “Si no hubiera tenido la fuerza del hombre, el sacerdote no hubiera podido hacer lo que hizo. Era muy fuerte, muy duro pero a la vez, muy emotivo”, describió Ángel Sánchez en el libro “Obras son amores”, una especie de biografía autorizada del Cura Gaucho. De carácter fuerte solía aplicar el “cachetazo pedagógico” para imponer límites; jugaba partidos de fútbol de “veinte contra veinte” corriendo con la sotana en los bolsillos y hasta ofició de clarinetista y director de coro.
Llegó a entrevistarse con dos Papas: Pablo VI y dos veces con Juan Pablo II en el Vaticano. Hizo escuelas con sus manos generosas, de las que marcan con el oficio y enseñan para siempre: El Domingo Savio; San José Obrero, Juan XXIII, Ceferino Namuncurá, Don Bosco y el Jardín de Infantes “Juanito Bosco”. Y con salud deteriorada pero el corazón encendido, siguió ideando proyectos con el cielo bien ganado y una obra que parece agrandarse con el tiempo. Un superhombre de los ojos azules, arremangado, que honró a Dios en cuerpo y alma. De estirpe única, de los que ya no quedan. Doce años sin él…#